11.20.2009

EL HURACAN IDA Y VULNERABILIDAD EN EL SALVADOR

 

Por Edgardo Ayala

A pesar de que el país ha sido golpeado en varias ocasiones por desastres naturales, se siguen cometiendo los mismos pecados, los mismos errores, con el saldo trágico de muertos. [Escuche testimonio dentro de este texto informativo]

 

SAN SALVADOR - Marta Cáceres, una humilde mujer de 74 años residente en los alrededores de Guadalupe, en San Vicente, quizá no entiende el concepto de "vulnerabilidad", término muy empleado en medio de catástrofes por académicos, políticos, ambientalistas y periodistas.

 

Pero en lugar de entenderlo, Marta lo sufre en carne propia: su hija Yérica Suleima Hernández, que vivía en la Colonia Santa Rosa, de Guadalupe, fue arrastrada por la avalancha de lodo, rocas y agua que bajó del volcán Chinchontepec la madrugada del domingo 8.

 

"Al marido de mi hija todavía no lo han encontrado", dice, con un gran nudo en la garganta.

 

La lluvia torrencial que produjo los deslaves de cerros y volcanes y el desbordamiento de los ríos, no tiene registros, y cayeron con violencia sobre el territorio del país como un diluvio bíblico traído con maldad a tiempos modernos.

 

El Servicio Nacional de Estudios Territoriales (SNET), oficina del gobierno que produce los reportes de clima, había pronosticado lluvias con una precipitación de 100 milímetros. Pero la madrugada del domingo 8 de noviembre cayeron 355 milímetros en solo cuatro horas, en la zona de San Vicente. El aguacero fue comparativamente más fuerte que el producido en 1998 por el Huracán Mitch, cuyos niveles de lluvia alcanzaron los 400 milímetros en cuatro días.

 

"En el país cae un promedio de 1800 mm. al año, por lo que la magnitud del fenómeno ocurrido en tan corto tiempo es algo sin precedentes" escribe William E. Marroquín, vice-rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), en un articulo aparecido esta semana en ContraPunto.

 

Con tanta agua, la tierra de las laderas y volcanes se desmoronó y se volcó furiosamente sobre poblados y valles, soterrando todo a su paso.

 

Resultado: 157 muertos (preliminarmente, hasta el jueves 12), alrededor de 60 desaparecidos (aunque el alcalde de San Vicente reporta un aproximado de 500 solo en ese municipio); 14,166 damnificados, 2,000 viviendas destruidas parcial o totalmente, 37 puentes derrumbados o dañados, 86,000 hectáreas de cultivos arruinadas, con un costo de 32 millones de dólares, según la Cámara Agropecuaria y Agroindustrial de El Salvador (CAMAGRO), etc.

 

Algunas personas creen que los desastres naturales son eso, naturales, y por tanto impredecibles. Y lo peor, imparables. La mano del hombre no tiene nada que ver pero sí, muchos creen, la de Dios.

 

Pero los desastres son, casi siempre, una combinación de fenómenos climáticos y la acción directa o indirecta del hombre.

 

La mano del hombre

 

Ricardo Navarro, del Centro de Tecnología Apropiada (CESTA) se remonta miles de años atrás para recordar que la energía de la atmósfera ha sido constante y consecuentemente el clima ha sido predecible en los últimos 12,000 años. Por eso los campesinos han sabido cuándo lloverá, cuándo habrá vientos, etc.

 

Pero desde hace un siglo la temperatura ha comenzado a subir, un poco más de un grado centígrado, entonces la atmósfera se ha cargado más de energía. "Eso genera climas más fuertes e impredecibles", dice Navarro a ContraPunto.

 

"Lo que pasó el fin de semana es apenas el comienzo… vamos a tener comportamientos más dramáticos en el futuro cercano", agrega.

 

De modo que hay un problema climático en el que la civilización ha tenido mucho que ver: la emisión de gases ha causado el llamado efecto invernadero, causante de la subida de las temperaturas en el planeta.

 

Pero además del elemento climático, la sociedad salvadoreña en su conjunto ha vivido permanentemente en una situación de vulnerabilidad institucional que, dejémonos de cosas, ha vuelto más frágil al país. El riesgo está presente a lo largo y ancho del territorio.

 

Un informe de la Mesa Permanente para la Gestión de Riesgos (MPGR), conocido en mayo del presente año, señalaba que el 75% del país se encuentra expuesto a algún tipo de amenaza natural.

 

"En los últimos 20 años, El Salvador ha registrado 12 desastres de gran magnitud, que han significado más de 4,332 fallecidos, 2,760,659 damnificados y 3,953.5 millones de dólares en pérdidas. La población más impactada han sido las mujeres y las niñas, debido a las condiciones de vulnerabilidad", cita el documento.

 

Marroquín ofrece en su artículo números que desnudan cuán frágil es el país. El Índice de Vulnerabilidad Aparente (IVP) mide las condiciones predominantes de vulnerabilidad del país en términos de exposición en áreas propensas a desastres, su fragilidad socioeconómica, entre otros, y para el año 2000, El Salvador estaba ya en la posición dos de doce países estudiados.

 

"Es decir, es el segundo país más vulnerable a desastres", escribe el catedrático de la UCA.

 

El Salvador muestra un IVP de 48, solo superado por Jamaica, que tiene 51. El IVP de Chile es 25, y el de Costa Rica es 33.

 

Pero no solo en eso está el país penosamente en el "top ten".

 

El Salvador es el segundo país más deforestado en Latinoamérica, solo detrás de Haití. Los bosques naturales cubren menos del 3% del territorio nacional y los cafetales otro 9%, y en el 2005 la FAO estimó que el 93.7% de los suelos están considerablemente degradados.

 

¿Cómo no va a haber catástrofes y pueblos soterrados, como lo son ahora Verapaz y otros de San Vicente, con este nivel de degradación?

 

Por eso Navarro sostiene que la vulnerabilidad se eleva en El Salvador debido a que, por décadas y acaso siglos, ha imperado un modelo donde lo que priva es el negocio, no lo social ni el medio ambiente.

 

"Lo económico es lo que determina todo, no lo social ni lo ecológico", remata. El acabóse: se talan árboles para construir campos de golf, en el segundo país más deforestado de la región.

 

El nuevo gobierno de Mauricio Funes parece que tiene claro el vínculo entre desastres naturales y vulnerabilidad social.

 

Funes se dirigió en cadena nacional a la población la noche de ese domingo trágico, y dijo que la catástrofe es la conjugación de la vulnerabilidad del país y la precariedad en que vive la población.

 

"El drama al que asistimos es producto de la precariedad en que se encuentran amplias zonas del país por falta de zonas de mitigación y prevención de riesgos que desde hace años se demandan y que nunca fueron realizadas", dijo Funes, en referencia a los gobiernos que le precedieron de la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) que, tras gobernar por 20 años desde 1989, fue derrotada en las elecciones de marzo pasado.

 

"Es una historia que se repite cada invierno, pero que tiene que tener de una vez por todas un punto final", agregó.

 

Pero Navarro aún no ve gran diferencia entre aquellos gobiernos de ARENA y el nuevo de izquierda del FMLN.

 

"El Presidente Funes no quiere ofender al gran capital", agrega Navarro.

 

"Lo que queremos es que detenga la destrucción que van a ocasionar las presas hidroeléctricas (en proceso de construcción, como El Chaparral), la destrucción que ocasiona las constructoras… así no se puede", dice el ambientalista.

 

El ambientalista Ángel Ibarra, presidente de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES), señala que, según estudios del Banco Mundial, el 90% del territorio del país se encuentra con niveles de vulnerabilidad de moderados y leves.

 

Siempre los más pobres

 

Ibarra señaló que el problema de los desastres naturales se magnifican en el país porque, por un lado, existe un grave deterioro ambiental, y por otro, no ha habido políticas que ayuden a salir a las personas de la pobreza y exclusión social, de modo que casi siempre las víctimas son las y los pobres que viven peligrosamente en covachas a la orilla de ríos o debajo de los cerros.

 

Tampoco hay una visión de prevención de los desastres, y se actúa siempre reactivamente. "Los problemas nos agarran como que fuera la primera vez", dice Ibarra a ContraPunto, y agrega: "Aquí tenemos una política de 'levanta-muertos', hasta que las cosas pasan reaccionamos".

 

Entonces, a pesar de que El Salvador sufre constantemente de desastres naturales, tras los cuales hay informes y estudios que señalan la necesidad de mejorar, por ejemplo, un sistema de alerta temprana, ese sistema casi nunca funciona cuando se necesita. Hay poca o nula coordinación entre las diversas instancias gubernamentales, y entre estas con los gobiernos locales.

 

 

Los pronósticos meteorológicos hablaron de que habría fuertes lluvias el fin de semana, y el gobierno decretó "alerta verde". Pero subió la alerta a naranja ya bien entrada la mañana del domingo 8, cuando ya se informaba de muertos en varias partes del país.

 

El ministro del Medio Ambiente y Recursos Naturales, Herman Rosa, reconoció en una entrevista televisiva que se debe trabajar más en eso de las alertas tempranas.

 

Rosa señaló que las estaciones que miden los niveles de precipitación de las lluvias son del tipo telemétricas, y los reportes son enviados cada 4 horas. Dijo que a las 9 de la noche del sábado 7 se tenían apenas 5 milímetros de lluvia, pero la lluvia torrencial comenzó a caer a eso de las 10 de la noche, por el orden de los 80 milímetros, pero el siguiente reporte llegó hasta las 2 de la madrugada del domingo.

 

"Definitivamente tenemos que hacer mejoras sustanciales", aceptó. "Se ha debilitado la red de monitoreo, los equipos no funcionan como deben funcionar".

 

Pero se pudo reaccionar con más eficacia. 80 milímetros de lluvia a las diez de la noche, en una zona como la del volcán de San Vicente, propensa a deslaves, exigía una respuesta más rápida y contundente, y no esperar hasta el reporte siguiente dentro de cuatro horas.

 

Ese tiempo perdido pudo haber sido el que salvara algunas vidas.

 

Manuel de Jesús Maldonado, habitante de Guadalupe, en el lugar donde antes del desastre estaba la colonia Santa Rosa. He aquí su testimonio brindado a ContraPunto.

 

 

Así que mientras los funcionarios dormían cálidamente en sus hogares capitalinos, cientos de personas estaban trepados en los techos de las casas, gritando por ayuda, y muchos otros habían sido ya arrastrados por la avalancha que bajó del Chinchontepec, o por la crecida de los ríos en otras zonas del país.

 

Después de varios golpes dados por la naturaleza, en 2005 se aprobó la Ley de Protección Civil, Prevención y Mitigación de Desastres, que entre otras cosas exige una adecuada coordinación para prevenir y enfrentar los desastres. Pero prácticamente es letra muerta. Lo ocurrido en Verapaz y la zona de San Vicente, y en muchas otras áreas afectadas por las lluvias, es la evidencia dolorosa.

 

Desastres made in El Salvador

 

"Los desastres se construyen socialmente y a lo largo de los años", escribe William E. Marroquín, en el articulo citado.

 

Es decir, en el fondo hay un problema de pobreza y exclusión social, que ha imperado en el país por muchísimo tiempo.

 

"La desigualdad en los ingresos en el país entre el 10% de los más pobres y el 10% de los más ricos es de 60; este mismo indicador es de 5 para los países de más alto desarrollo humano", cita Marroquín en su artículo en ContraPunto.

 

Esta desigualdad, agrega, hace que muchas familias vivan en "champas" improvisadas ubicadas en barrancas, en las quebradas y en las riberas de los ríos que son lugares de alto riesgo y muy susceptibles a las crecidas y desbordamientos de los ríos.

 

Se pudiera pensar que, si el problema se enrosca tan profundamente en la pobreza, esas situaciones no son exclusivas el país y les pasa a toda nación en situación de pobreza. Y los montones de cadáveres tendrán que seguirse viendo hasta que la cosa mejore, sepa Dios cuando.

 

Ibarra cree que eso no es del todo así. Y cita el caso de Cuba, una nación que es paso casi obligado de los huracanes que se cruzan por el Caribe. Y Cuba, a pesar de lidiar con huracanes y de ser un país pobre, no reporta el nivel altísimo de muertes que ya va siendo tradición en El Salvador.

 

Tal vez dentro de unos 10 ó 20 años, los nietos y nietas de Marta Cáceres puedan vivir en un país donde, aunque haya una avalancha mortal desde el Chinchontepec, no haya ni un solo muerto.

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